Este año se cumplieron 30 años desde la caída del Muro de Berlín, un acontecimiento histórico de grandes proporciones; un evento que marcó el fin de un conflicto real, aunque no declarado formalmente. La contienda era entre las dos grandes potencias de la época (EE.UU y la URSS). Ambas buscaron con vigor la defensa de la propia idea de un mundo mejor, cuyo trasfondo fue la Guerra Fría, saturada de una competencia asfixiante.

Si bien es cierto, esta caída es un hecho puntual de un lugar geográfico y de unas circunstancias políticas determinadas, su significado como sus consecuencias geopolíticas superan por mucho el lugar en el que ocurrió aquel acontecimiento. De hecho, los fantasmas de muros en construcción nos siguen hasta el día de hoy.

La sentencia latina Historia Magistra Vitae (la historia es maestra de la vida) tiene especial significado en esta conmemoración. No sólo porque en aquella sentencia la palabra vida nos alude como protagonistas y hacedores de historia, sino también porque con ella se muestra la importancia de sacar lecciones de vida de aquellos hechos del pasado.

A pesar de todo continuamos levantando muros ideológicos, individualistas, apáticos, violentos y de otros muchos tipos más. En ellos suele imperar más la competencia que el apoyo, el monólogo que el diálogo, la envidia que el aprecio, el odio que el amor.

Pensar distinto es un valor humano que expresa muchas cualidades de nuestro ser persona, por lo pronto manifiesta autoestima y confianza en uno mismo; aporta ideas nuevas y construye los pilares de la sociedad democrática. Por lo mismo, preocupan los hechos de violencia física y verbal que lamentablemente se advierten en plazas y calles; en edificios públicos y privados; en casa y fuera de ella. Pero, no nos engañemos; hemos perdido la paz social porque antes descuidamos la paz interior.

La violencia y el caos callejero son síntomas de una cultura falta de verdadera esperanza, conformada con logros y distracciones momentáneas y superfluas; logros y placeres egoístas que aseguran pavimentar el camino de la felicidad, sin advertir que al final del día se transforman en innumerables senderos que no van a ninguna parte. Encerrados en un laberinto caemos presa de la desesperación y el sin sentido. Estas actitudes son los primeros ladrillos que levantan pequeños muros en nuestro interior y que luego ayudan a levantar los que nos dividen como sociedad.

La crisis que observamos obedece en gran medida a estos muros invisibles que construimos desde la tierna edad, en casa, en el barrio y en el colegio. El trato entre las personas se ha distorsionado al punto de no saber quién es quién. El niño, ahora es más amigo que hijo de sus padres, el joven es más partner que discípulo del profesor; el cliente siempre tiene la razón hasta que el dueño así lo estime; la autoridad es reconocida como tal solo hasta que se le deba obedecer y el individuo en sociedad con frecuencia vale por lo que tiene y por lo que viste y no por lo que es.

Ante esta realidad no cabe sino esperar un mundo dividido y egocéntrico que presenta un pensamiento superficial y frívolo con ideas de escaso valor impregnadas de simple emotividad.

Volver a la calidez del diálogo sincero entre las personas independiente su idea política, su color de piel o su religión es la manera de abatir las barreras que nos separan. Los muros no se tendrían que destruir si no fueran antes construidos.