El Inicio De La Era Atómica Luis Gajardo Docente de Pedagogía en Historia y Geografía Universidad San Sebastián Sede De la Patagonia

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El 6 y 9 de agosto se conmemoraron 72 años del lanzamiento de las dos únicas bombas atómicas sobre centros poblados. El hecho es, sin duda, uno de los hitos de la historia contemporánea que genera hasta el día de hoy gran controversia.

Lo concreto es que el lanzamiento de las dos bombas atómicas, el 6 sobre Hiroshima y el 9 sobre Nagasaki, contribuyó a poner fin a la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. En Europa, la guerra había finalizado en mayo con la caída de Berlín, el suicidio de Hitler y el colapso del Tercer Reich.

Mientras el Viejo Mundo iniciaba un largo y doloroso proceso de recuperación económica, demográfica y política, dos países aparecían como los grandes triunfadores de la guerra: la URSS y Estados Unidos. Ambos extenderían su influencia por el mundo en los años posteriores.  Mientras eso sucedía en Europa, en el Pacífico la guerra se alargaba, fundamentalmente gracias a la férrea y, en algunos casos, desesperada defensa que hacían los japoneses de sus posiciones. Sin embargo, parecía evidente que Japón sería derrotado… era cuestión de tiempo.

En esa lógica, los estrategas norteamericanos –y es la posición oficial hasta hoy- consideraron que utilizar las bombas atómicas simplemente ahorraría vidas, ya que la resistencia fanática de los japoneses hacía prever una guerra muy larga y muy onerosa en pérdidas humanas y daños materiales. La tecnología nuclear era en muchos aspectos una incógnita; sólo se había realizado una prueba previa en el desierto de Nuevo México y existían serias dudas, incluso entre los científicos que la desarrollaron respecto a sus efectos. La historia posterior demostró que esta tecnología puede ser muy útil, pero también puede provocar graves daños, como fue el caso de Chernóbil, que ha sido probablemente el peor desastre ambiental del mundo contemporáneo y cuyos efectos aún no se disipan por completo, y Fukushima, donde un terremoto provocó el colapso de la planta nuclear generando un escenario de catástrofe que fue apenas evitado.

El lanzamiento de las dos bombas atómicas, sobre blancos esencialmente civiles -ninguna de las dos ciudades era en rigor un objetivo militar- produjo alrededor de 250 mil muertos, (más o menos la población de Puerto Montt, según el último censo), de los cuales poco menos de la mitad murieron instantáneamente y muchos más en los años siguientes aquejados de múltiples enfermedades y daños asociados a la radiación nuclear.

Los relatos de quienes vivieron las explosiones y sobrevivieron rayan lo increíble y los hechos documentados parecen simplemente producto de la imaginación.

Este episodio de la Segunda Guerra Mundial dio paso a una nueva etapa en la historia de la humanidad. Por primera vez, ésta se encontró ante la posibilidad cierta de su propia destrucción merced a un arsenal nuclear que pese a todos los acuerdos y protocolos no ha parado de crecer.

En gran parte sobre este temor se sustentó el delicado equilibrio de la Guerra Fría. Por otro lado, el hombre dispuso de un nuevo y potente medio de energía respecto al cual no ha logrado un consenso entre sus potencialidades y sus riesgos. Se le considera a este hecho tan relevante que marca un nuevo ciclo o división del acontecer histórico. Algunos historiadores hablan de la era atómica o nuclear para referirse al período que se abre tras 1945.

Hasta ahora no se ha repetido un escenario en el cual bombas atómicas se lancen sobre centros poblados. A pesar de los numerosos conflictos bélicos desde 1945, estos se han mantenido dentro de los límites difusos de las llamadas “guerras convencionales”, es decir, sin uso de armamento nuclear.

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