Tengo 90 años, no tengo esposa, no tuve hijos y soy acogido hace 25 años en el Hogar de Cristo. La mayoría viene y se va de la hospedería. Eso yo lo entiendo. Pero en mi caso fue diferente, trabajé toda mi vida pero nunca alcancé una situación económica que me permitiera tener una vida autónoma.
Algunos dirán: “No intentó salir adelante”, “no se atrevió”, pero mi verdad es otra. Cuando me preguntan por qué pasé tantos años en el Hogar de Cristo, respondo que me saqué la mugre trabajando toda la vida, pero aun así, el dinero no me alcanzaba. Pero no me quejo, la vida me ofreció estar en un lugar donde se me quiere, donde se me valora. ¿Cuántos adultos mayores de mi edad pueden afirmar que viven un lugar donde realmente son queridos?
Cuando escucho la radio, oigo que la mayoría de los mayores como yo están súper abandonados. Los he visto mirar las fotos de sus nietos, de su familia. Y eso es todo. Algunos vienen a visitarlos cada 15 días; otros, cada tres o cuatro meses; otros, nunca. Y eso es muy triste.
Yo soy una persona de 90 años que no está cansada de la vida. Reconozco que apenas escucho, pero sé que me dicen cosas buenas. Mi mente tampoco es como antes; olvido datos. Y la verdad, no sé cuánto tiempo me queda. Por eso agradezco cada conversa, cada recuerdo. ¿Y saben algo? Hace pocos días, logré integrarme a una vivienda tutelada para adultos mayores. Estoy emocionado. Voy a seguir viviendo en un lugar donde se me quiere.
Servando Linco, 90 años.